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Historia de un idilio que no fue

Acaba de llamarme una buena amiga para decirme que ya no aguanta más, que ya está harta, que su matrimonio de conveniencia ya no se sostiene más y que ha decidido tirar la toalla.
Su crisis personal ya ha llegado a un punto de no-retorno en el que las cosas no podrían ir a peor de lo que ya son –sencillamente– porque es imposible.
Tras muchos años de maltrato físico y mental quiere desligarse de aquello que un día creyó podía resultar en una unión armoniosa y equilibrada, en la que cada una de las partes diese lo mejor de sí mismos y se beneficiasen mutuamente.
Pero el idilio nunca surgió. Desde los primeros días estuvo claro que el supuesto romance entre ellos estaba abocado al fracaso.
Muchas horas perdidas –pensó–, pero es mejor ahora que después.
¡Ahora o nunca!

Así que me ha llamado para pedirme consejo. Yo, que en estos casos, modestia aparte, siempre tuve las ideas muy claras, la he aconsejado como buenamente he podido. Los pasos a seguir son más fáciles de lo que uno imagina al principio, pero todo cambio siempre asusta ¿no?
Al fin y al cabo son muchos años acostumbrándose a algo que uno ha creído lo mejor.
Yo siempre le dije que se arrepentiría, más temprano que tarde, pero había ciertos intereses de por medio que no la dejaban ver la realidad.
La cruda realidad.

Al final (odio admitirlo, por tratarse de mi mejor amiga) he tenido razón.
¿Merecía la pena la pérdida de tiempo y esfuerzos?
Sólo ella puede responder con seguridad, pero yo me atrevo a creer que no. Sentía rabia e impotencia al ver, día a día, como los supuestos amigos y parientes le aconsejaban seguir el camino que yo le anunciaba como equivocado, gritándole casi, que yo nunca le mentiría, que yo siempre le aconsejaría lo mejor para ella.
Pero no. Pesó más la opinión de
los otros.
Y eso, queridos amigos, duele. Duele el que te marginen por pensar diferente a la mayoría, el navegar contra corriente, el sentirse menospreciado por una manada de borregos y sentirse como un bicho raro.
Y claro, cuando se demuestra y se comprueba que son
los otros los que estaban equivocados, siento el amargo dulzor de la venganza, con esa ironía a punta de lengua que siempre tengo preparada. Debe ser algo innato en mí, una especie de habilidad especial.

Pero, como ya he dicho antes, cuando lo sufre en sus carnes una gran amiga no hay dulzor ni regusto a venganza. Sólo tristeza por el tiempo perdido y que yo no he sabido aprovechar en su beneficio.

Es por ello que
ella ha decidido dar el gran paso, firme y con voluntad férrea, de abandonar su PC y comprarse un Macintosh.
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