Visita y noche en el Barranco de Badajoz
Su singular belleza radica en la flora del lugar y la disposición de los cañones de pared vertical que lo conforman, llegando a ser de hasta 800 metros de altura en alguna de sus partes. Estas paredes casi verticales se van acercando entre sí, estrechando el lecho natural del barranco hasta encontrarse al final del mismo, imposibilitando seguir a no ser que sea haciendo escalada.
El pasado día 25 de Enero hice mi primera incursión en el barranco para pernoctar en él. Y esto es lo que aconteció, narrado en orden cronológico:
Noche de borrasca
La salida a Tenerife estaba programada para el martes 25 a las 8:00 desde el puerto de Agaete, en Gran Canaria, mi isla natal.
Aprovechando que el domingo 23 tenía que ir a recoger a mi esposa al mismo puerto, pues ella también había ido a Tenerife a visitar a unos amigos, saqué los billetes de ida y vuelta. La operadora de las Líneas Fred Olsen me advirtió que, a causa de la borrasca que se avecinaba y que iba a azotar todo el archipiélago canario, era muy posible que se anulase la salida del barco. Me pidió que llamase la noche antes para confirmar si éste saldría para la isla vecina o no.
Afortunadamente me confirmaron el viaje, pero la tormenta comenzó a arreciar de madrugada y mis dudas aumentaban, así que pasé mala noche pensando en el tiempo que me había llevado organizar este viaje, coincidiendo con la semana de vacaciones que me habían dado en la empresa en la que trabajo.
La siguiente oportunidad de viaje se daría en Junio y no era plan ir por primera vez con un grupo numeroso de personas, venidas de diferentes partes de la península ibérica y de canarias sin conocer de antemano el terreno y valorar si merecía la pena o no.
La mañana del 25 amaneció fría y lluviosa. De camino al puerto de Agaete la lluvia era incesante y mis pensamientos se centraban en lo mala que estaría la mar para la navegación.
Pero sorprendentemente, al llegar a la terminal de embarque, el tiempo mejoró y el cielo se despejó. Lo único malo fue la espera, pues el barco acumulaba retraso debido a la mar picada. Después de casi una hora de espera, a eso de las nueve de la mañana, embarcamos.
Durante el viaje, la azafata que anunciaba la duración estimada del mismo, nos advirtió de una demora en la hora de llegada, siendo ésta hacia las 10:25 de la mañana al puerto de Santa Cruz de Tenerife, una hora y media de retraso con respecto al horario normal. Esto, unido a la mala noche que acababa de pasar y al vaivén del barco me produjeron (por primera vez en mi vida) un mareo considerable. Y ni siquiera había tomado la biodramina que mi esposa me había recomendado.
Por fin, poco antes de las once de la mañana, ya estaba saliendo del barco con el coche, camino de Güimar. Decidí parar en el puertito de Güimar para refrescarme un poco y tomar algo, a ver si se me iba el mareo.
Hacia las 12:30 llegué a la entrada del barranco. Me cambié de ropa, preparé los bastones de senderismo, me cargué la mochila y me dispuse a entrar en el misterioso lugar.

Saludando lo misterioso
Dejando atrás tres fincas particulares, enfilé el cauce del barranco en una suave pendiente que casi de inmediato me llevó hasta una de las primeras galerías de agua que se encuentra abandonada y cerrada al público, por peligro de emanaciones de gases, según reza un cartel de advertencia en la puerta de la misma.
Hice una breve parada para tomar fotos y seguir el camino. Los restos de un saco de dormir medio quemado indicaban que en tiempos de poco frío alguien había pasado allí la noche y, posiblemente en un descuido con un cigarrillo, éste se había prendido y medio quemado.


Al proseguir el camino y pasar una curva me topé de frente con una pared de piedra de nombre El Cabuco, a la que la tradición popular ha bautizado como la puerta dimensional, por su parecido con la entrada de una gruta, pero sellada con piedra natural y a la que se atribuye la característica de ser uno de los pocos nodos de distorsión espacio-tiempo en el planeta. Es aquí donde el reportero de Cuarto Milenio decía haber notado como si algo le empujase, no dejando que filmase un primer plano de la piedra.
Lo primero que hice fue acercarme a la pared y tocarla. Luego, con la cámara de vídeo en mano, realicé el mismo gesto que el citado reportero, pero nada extraño sucedió. Lo normal, vamos, lo que yo esperaba, nada del otro mundo.

Después de tomar las fotos y el vídeo, me disponía a tomar un camino empedrado que hay a la derecha de esta pared, que justo encima tiene una pasarela hecha de hormigón que conduce a la entrada de otra galería, cerrada también. Pero el ruido de una piedra enorme al caer me sobresaltó, en la ladera derecha. No vi animales ni nada que pudiese haber provocado la caída de semejante pedrusco, que llegó hasta el mismo camino, pero supuse que las recientes lluvias habían aflojado el terreno. Lo curioso es que hay la suficiente vegetación como para que éste sea lo suficientemente firme.
A los pocos metros de la pendiente empedrada me encontré frente a lo que yo llamo la piedra lunar, por su forma y color tan característicos y raros en semejante entorno. Tal parece que no forma parte del mismo y que hubiese sido puesta allí adrede.
Siguiendo el cauce hacia arriba, muy llano y fácil, a los pocos minutos se comienza a ver la última de las galerías, justo donde están los motores abandonados del pozo.
Aquí no tomé fotos, porque pensaba hacerlo a la mañana siguiente. Ya estaba muy oscuro, pero no porque fuese tarde, sino porque el día estaba completamente nublado y aquel sitio es ya de por sí bastante sombrío. Frío no hacía, de momento.
El cauce se divide en dos casi al final, así que tomé el de la derecha, el más ancho, para toparme con una maraña de zarzas que no me dejaban continuar.
¿Y ya está? ¿Esto es todo? -pensé para mis adentros-
No podía ser. Esto y un montículo de tierra por la izquierda era lo que alcanzaba a ver. Así que decidí subir por este terraplén. Al llegar arriba, a los poquitos metros, pude ver la explanada que conocía por las fotos vistas en internet, la que tiene los restos de una pequeña vía para las antiguas vagonetas de la mina. Era perfecta para montar la tienda de campaña, pero aún me quedaba por buscar el camino que había de llevarme hasta el fondo mismo del barranco.
Y justo al final de la explanada estaba. No me había fijado que este mismo caminito subía desde el pie de la construcción donde estaban los motores abandonados, pero porque está en tan mal estado que ni camino parece.
En ese mismo momento, oí el derrumbe de un montón de piedras, el segundo de la mañana, justo en la pared que tenía frente a mi. Por suerte, está lo bastante alejada como para que las piedras no lleguen a la explanada donde más tarde situaría la tienda.
Seguí el estrecho caminito, que a los pocos metros ya me había conducido hasta donde las dos paredes verticales forman una especia de chimenea natural que es usada por los escaladores para hacer sus prácticas.
Aproveché para tomar algo de alimento y agua, pues no había comido nada en toda la mañana.
Entre unas cosas y otras, llegué de nuevo a donde fijaría el campamento, a eso de las tres y media de la tarde.

Comprobé que había cobertura telefónica y llamé a mi esposa para contarle cómo me había ido la jornada. Justo al colgar me dispuse a montar la tienda y, al terminar, comenzó a lloviznar. Metí la mochila dentro de la tienda y la lluvia se intensificó. No me quedó más remedio que meterme dentro, con las botas por fuera y la puerta exterior cerrada, para no mojarme, esperando que cesara de llover y disponerme a montar guardia para esperar fenómenos extraños, a ver si era cierto todo lo que cuentan los visitantes del famoso lugar.

Pasado un cuarto de hora, aquella lluvia aumentaba de intensidad y comenzaba a hacer frío. ¡Y sólo eran las cinco de la tarde!
Y para colmo de males, los derrumbes de piedra empezaban a aumentar su ritmo.
Un poco decepcionado por el mal tiempo, pensé en que lo mejor sería meterme dentro y dormir un poco para estar despejado a la noche y salir, si el tiempo lo permitía.
Noche eterna
Un fuerte ruido me despertó a eso de las siete de la tarde. Era otro desprendimiento de rocas, pero no supe precisar dónde. Seguía lloviendo bastante fuerte y no podía salir al exterior.
Tumbado dentro del saco de dormir no tenía frío, aunque me encontraba con el pantalón de travesía y una camiseta de manga corta. Miré el teléfono y la cobertura había desaparecido. Le había dicho a mi esposa que la llamaría sobre las nueve o las diez de la noche, más que nada para tranquilizarla y hablar con mi hija.
Pero sería imposible. Estuve varias horas despierto y aquello no cambiaba. Salir era una locura, porque lo único que iba a conseguir era mojarme y mojar la tienda luego al entrar, así que no quedaba otra que esperar. No sé a qué hora me volví a dormir, pero a la una y media de la madrugada me desperté de nuevo. La lluvia azotaba primero por el norte, luego amainaba unos minutos y caía desde el sur, una cosa muy rara, pues en aquel barranco el viento no entraba, debido a su particular orografía. Es como si estuviese dentro de un cono muy alto en el que el viento solo rozase su parte alta, pero sin legar a entrar en él.
Pensé en conectarme los auriculares y escuchar un poco de música, pero decidí no hacerlo para ahorrar la batería del teléfono y para poder escuchar la caída de rocas, que a estas alturas ya empezaba a ser preocupante. Cuando ya había contabilizado una veintena de derrumbes, paré de contar, porque me encontraba relativamente seguro en el mismo centro y en una ubicación elevada.
Las tres de la madrugada. De nuevo, el estruendo de la lluvia me despertaba. Llevaba ya unas cuantas horas en un duermevela que no me dejaba descansar. Lo peor no era la frustración por no poder salir al exterior, pues eso ya lo había previsto antes de salir de casa; pensaba que en esta época del año y con semejante borrasca encima, lo más probable es que no tuviese ocasión de montar guardia esperando ver fenómenos extraños. Eso lo dejaba para Junio, para cuando fuese con el grueso del grupo. Lo que me interesaba especialmente de esta primera visita era trazar la ruta con el GPS, buscar una ubicación idónea para las tiendas y explorar el terreno.
Y todo eso ya estaba hecho.
Y en estos pensamientos estaba cuando comencé a oír un estruendo lejano, como el clamor de una riada. Mi instinto natural de supervivencia disparó la adrenalina en mi sangre y me incorporé rápidamente. Recordé una frase de Bear Grylls, el presentador y protagonista de la serie documental El Último Superviviente, en la que decía que si estando en el cauce de un río seco o un barranco oyes un estruendo de este tipo, lo mejor es que busques la ubicación más alta posible, porque en pocos minutos te podría arroyar una riada, pero que lo más probable es que si la oyes ya la tengas encima.
Pensé que estaba lo bastante alto como para que no me llevase el agua, pero abrí las dos puertas de la tienda y miré al exterior, con la linterna frontal. No se veía rastro alguno de agua corriendo por el mismo…de momento.
En el siguiente archivo de audio podréis escuchar el clamor lejano del viento, muy parecido a una cascada de agua. Y hacia los 15 segundos se puede oír el caer de una piedra muy cerca de donde yo estaba:
Viento y piedras.mp3
Aproveché que amainó un momento para quedarme escuchando. El estruendo aumentaba, pero lejano, así que deduje que era el viento en lo más alto de las paredes verticales. Por si acaso, me enfundé el pantalón impermeable, metí todo lo que tenía fuera en la mochila y le puse a ésta su capa impermeable. Sólo me restaba ponerme las botas y salir de allí a todo trapo si notaba movimiento de agua.
Por cierto, una cosa rara sí que pude experimentar, pero tiene explicación: son varias las personas que dicen haber oído voces en el barranco, pasos cerca de las tiendas de campaña o incluso cánticos.
Yo llegué a escuchar unas voces en medio de la incesante lluvia. Por un momento me pareció escuchar a un hombre. Luego, minutos más tarde, a una mujer. Llegué a creer que mi esposa, alarmada por no haberme puesto en contacto con ella, o tal vez los vecinos de las fincas de más bajo, al ver el coche allí aparcado y temiendo que algún senderista se hubiese quedado atrapado, hubiesen alertado a Protección Civil o a la Guardia Civil.
Pero al no ver luces de ningún tipo alumbrando la tienda (se puede ver casi a través de ella), ni escuchar nada más durante un buen rato, pensé que era cosa de mi imaginación, que ya comenzaba a jugarme malas pasadas.
Pero el susto fue mayúsculo cuando creí escuchar la voz de una niña. Entonces sí comencé a preocuparme de verdad, que no a tener miedo. Al final recordé una explicación que leí en algún sitio sobre psicoacústica. Cuando alguien lleva mucho tiempo escuchando un ruido determinado, monótono, llega un momento en el que el cerebro percibe patrones de sonidos, como si realmente éstos existieran. Es un mecanismo de defensa natural del cerebro, similar a cuando llevas todo el día oyendo sonar teléfonos en una oficina y llega un momento en que los ignoras de tal forma, subconscientemente, que realmente no llegas a oírlos.
Así que no le di más importancia a las voces extrañas.
Ya tenemos una explicación razonable y fundada para las voces misteriosas de algunos viajeros.
Cuando había pasado una media hora y ya más tranquilo, la temperatura descendió sobremanera, así que cuando comencé a tiritar de frío (calculé unos 7ºC) me puse el polar y los guantes y me volví a meter en el saco. Y así, calentito volví a quedarme dormido.
Creo que dormí una hora cuando de nuevo el viento y la lluvia me despertaron por enésima vez. Pensé que ya era imposible que el agua no estuviese corriendo por el cauce, así que mi intención era dejar atrás la tienda y salir a escape de allí, ante el temor de quedarme atrapado por una riada.
Pero por otro lado pensaba que la lluvia no duraría tres días y que yo llevaba comida de sobra para cuatro, así que me tranquilicé.
¿Y si sube el nivel del agua y me atrapa en esta explanada?
¿Y si la tierra se reblandece tanto que comienza a ceder? -pensé-

En ese caso ni comida ni nada, no soy buen nadador y aunque lo fuera, las bajas temperaturas me agarrotarían los músculos antes de poder ponerme a salvo.
Ahora parece una tontería, pero cuando se dan una serie de pequeños peligros, éstos se transforman en uno grande y yo ya comenzaba a pensar que había sido muy mala idea adentrarme en el barranco con tan mal tiempo. Decidí esperar a las 7:25, hora en que comenzarían las primeras luces del alba, para salir de allí, con o sin agua, con o sin la tienda. Ya habría tiempo de recuperarla otro día. O no, me daba igual.
La escapada
En cuanto vi claridad a través del techo de la tienda, me enfundé el chubasquero, las botas y la linterna frontal y salí de aquella tienda que ya se me hacía pequeña.
Cuando vi que ambos lados del camino estaban despejados y que sólo había una pequeña cascada a la derecha del camino, casi me da la risa tonta.
No había pasado mala noche por los misterios de El Barranco de Badajoz, sino por 15 horas de lluvia continuada.
Comencé la caminata de descenso hasta donde había dejado el coche, con la esperanza de poder llamar a casa antes de que mi hija se fuese al colegio, para poder hablar con ella y mi esposa y tranquilizarlas a ambas, pues desde el adía anterior por la tarde no sabían nada.
Cuando apenas me faltaba medio kilómetro para llegar a la entrada, comenzó a salir el sol, dando paso a una nueva y clara mañana.
Como anécdota, citar dos cosas: cuando comencé a subir, el día anterior, perdí una de las piezas de plástico de uno de los dos bastones de senderismo que suelo llevar. Al salir del barranco, durante la marcha apresurada y a pesar de la velocidad a la que caminaba, la vi sobre la gravilla gris oscura del cauce, a pesar de que casi era del mismo color que ésta y de que había una posibilidad entre mil de encontrarla de nuevo.
Y la segunda es que comenzó a llover al rato de haber montado la tienda, el día anterior, y justo después de haber enrollado y metido ésta en su funda y dentro de la mochila, dejó de hacerlo.
Un gran amigo mío suele decir que las casualidades no existen. ¿Será que el Barranco de Badajoz, o de Chamoco, no quería que estuviese allí?
El tiempo lo dirá, porque pienso volver.
¿Y vosotros? ¿Os animáis?![]()
Conclusiones
El Barranco de Chamoco, o Barranco de Badajoz, es un sitio precioso para pasar una jornada en contacto con la naturaleza.
Su carácter mágico y misterioso se pierde en la noche de los tiempos, pero últimamente hay demasiada gente que dice haber visto, oído o “percibido” cosas, voces, ovnis, seres blancos o Lunos, etc.
Yo no digo que nada de esto sea mentira o incierto, pero cuando en demasiados blogs se dan citas como “estuvimos viendo aquel espectáculo de luces durante casi una hora, pero estábamos tan absortos que nos olvidamos de coger las cámaras” o ves fotos muy borrosas que igual puede ser cualquier cosa y mil excusas más…te da por pensar que hay mucho afán de protagonismo y pocas ganas de encontrar explicación lógica a cosas y hechos naturales y perfectamente explicables. Y si no, ahí tenéis las famosas esferas de luz, que no son otra cosa que polvo en suspensión iluminado por el flash de las cámaras fotográficas.
Por cierto, es curioso que la localización de extrañas luces, vistas desde el mismo sitio en el que yo acampé, tenga que estar, por fuerza, justo delante de las fincas que hay al comienzo de la ruta. Y ninguno de los habitantes de las mencionadas fincas van a la Guardia Civil con historias de este tipo y mucho menos con fotos.
Ojalá en mi próxima visita pueda ver y fotografiar algo a lo que no pueda darle una explicación científica o, al menos, razonable.
Que durmáis bien.![]()
Descarga relacionada:
Éste es el archivo kmz para la ruta al barranco. Podéis abrirlo con Google Earth, para los que estéis interesados:
Ruta Barranco de Badajoz, por ZaraChrome

