El efecto mariposa


El Efecto Mariposa

Sobre el jersey amarillo de manga larga que se ceñía a su torso cómodamente, descansaba una mujer en vaqueros con los pies resbalando de sueño hacia el inevitable suelo.
Me fijé en ella a los diez minutos.

Yo había llegado tarde a la conferencia. Abrí la puerta con el resoplido de quien ha llegado a la meta y todos los ojos que en aquella amplia sala se encontraban desviaron un instante su atención sobre mi persona, que parecía desparramada por las prisas.
Con un gesto mudo de disculpa cerré la puerta y conduje mi aparatoso esqueleto hacia el único asiento que quedaba libre en la esquina de la habitación, no sin antes tropezar con varios pies molestos o tímidos que se apartaban ante mis imponentes zapatones del cuarenta y tres.

Tu pelo caía dos filas más adelante sobre un respaldo que deduje como “no apto para tu cuerpo” por tus movimientos mecánicos: cada dos minutos y medio cambiabas el descanso de una rodilla sobre el cruce de la otra, cada cuarenta y cinco segundos repasabas el esmalte rosa atardecer de tus uñas, fruncías el ceño pensando en una buena sesión de manicura y dejabas hacer a la paciencia en tus manos sobre el regazo.

Mientras tanto, un señor abigotado, calvo y omnipresente exponía en tono gregoriano las principales diferencias entre “La teoría del Caos” de los australianos – siempre obsesionados con eso de vivir boca abajo – y “El Efecto Mariposa”.
Esto último captó momentáneamente mi atención, ya que aquel genio del aburrimiento afirmaba vehementemente que el batir de alas de una mariposa puede provocar un potente huracán en el otro extremo del planeta.
Me pareció todo muy romántico, aunque la teoría no tuviese demasiado fundamento.

Imaginé lo que sería mandarte miradas de odio que acabarían convirtiéndose en abrazos cuando llegasen hasta ti, o que tus “no miradas” “no enfocadas” en mi persona acabaran por dirigirse hacia mis pupilas.
Supongo que debí divagar mucho en mis expectativas porque ni siquiera noté cómo mi pesada agenda caía estrepitosamente en el suelo. Sólo después del ruido me di cuenta de que los ojos volvían a mirarme, irritados.
Pensé hacer un chiste acerca de un buen colirio ocular, pero me contuve.
Mi cara comenzó a adquirir color propio, sentí ese ardor inconfundible que precede a una situación demasiado embarazosa para mi timidez y mi respiración se empeñó en marcar su propio récord al borde del infarto. En este caso el rubor tenía identidad propia: la tuya, aunque fuese desconocida.
A mi qué carajo me importaba el señor abigotado y calvo o aquellos ojos impertinentes que se entrometían entre tu pelo dos filas más adelante, tus uñas, tu jersey amarillo, esas pupilas color miel que acababan de presentarse y mi persona resbaladiza y acalorada.
Tú, a diferencia de los demás, me mirabas entre solidaria y comprensiva. Yo sonreí a tu sonrisa y antes de que pudiera pensarlo ya estábamos tomando café en la salita contigua.
Por la noche, cuando ya te acompañaba a tu casa después de haber compartido ese tipo de confidencias que tan sólo los extraños tienen derecho a oír, quizás porque la afinidad a veces se comprende mejor sin carnet de identidad de por medio, me preguntaste si creía en el destino, en las casualidades, en el amor a primera vista.
Yo, mientras abría con mi llave la puerta del portal que también resultaba ser el tuyo, te contesté que no, que después de esa tarde tan sólo creía en las mariposas.