Rescatar la esperanza


Rescatar la Esperanza

Hace mucho tiempo, cuando la gente había perdido la hermosa
costumbre de saludarse por la calle o sonreír ante una frase amable,
se dio un extraño suceso que cambió la vida de los mortales.

En un extremo del mundo la tierra tembló como si un gran escalofrío
hubiese acariciado su árida piel, las nubes se enfadaron con los siempre
juguetones rayos del sol y el cielo entero lloró por los colores quebrados
del arco iris.
Los hombres intentaron ayudarse los unos a los otros , pero todo esfuerzo
era inútil; el suelo acabó por desperezarles, bostezando tras un amplio
letargo.

Y el mar aprisionó con sus algas a la esperanza.

Cuando ya parecía que todo estaba perdido, la catástrofe cesó de inmediato.
Lo que antes fuera un extenso y hermoso territorio ahora se tornaba en
harapos de una civilización con algunos supervivientes, que mellados por
la lluvia, el irreverente temor ante un futuro incierto y la desolación
humana, escarbaban entre el fango en busca de un latido inerte al que
llorar.

Mientras, los mensajeros de desgracias se encargaban de dar la mala
noticia a la otra mitad del planeta, que durante la tragedia había
dormido confortablemente entre sábanas de algodón.
La conmoción fue enorme, todos se echaron las manos a la cabeza y hay
quien se dio algún golpe de pecho, hasta que diez minutos más tarde cada
cual siguió con sus quehaceres.

Sólo unos jóvenes que habían seguido con detenimiento la noticia
decidieron poner fin a pueblos devastados y sonrisas rotas, vistiéndose
de amanecer, colmando en enormes sacos la ayuda esencial y arrojándose
al polvoriento camino con dos guitarras y una poderosa voz que
recolectaba compasión a ritmo de samba.
De este modo, los altos edificios y cuidados parques despidieron con
cierta indiferencia a aquellos salvadores de la humanidad, que se
vieron inmersos en un triste canto que empañaba aún más aquel paisaje
desolador.
Y aunque la voz pedía un descanso a gritos, el corazón era todavía más
fuerte, no había tiempo para el descanso o la tregua. Había que seguir
cantando, sacar un pueblo del barro y modelar nuevos hombres de futuro.

Y ocurrió el milagro:


“Sonó la canción,
se conmovió el alma,
llegaron más trovadores
con grandes sacos
cuajados
de promesas, sueños y
sones,
y latidos de gestos
hermanos,
y abrazos compartidos
que se unían con un solo
fin:
rescatar la Esperanza.”