Que te escriba un cuento

Me conformo con un cuento, me dices espontáneamente mientras yo planeo sobre mi presupuesto como un buitre lo haría sobre un animal moribundo.

“Demasiado fácil —pensé— eso no tiene mérito”

“Para mí sí porque lo escribes tú”

¡Vaya! Ahora sí que te ha dejado helado.

“Está bien, me pondré a ello esta misma noche”

Ya me veo sentado en el escritorio frente a un ordenador que se burla una y otra vez de mi lentitud.
Son las dos de la madrugada y ya mi valentía empieza a tornarse en desánimo.
Ahora me doy cuenta de mi osadía al aceptar tu petición.
¡Qué difícil se me hace enlazar este borrador lleno de ideas geniales!
Grandes ideas que evocan lugares exóticos con olor a incienso y tacto de seda salvaje.
Lugares bohemios donde se lían los cigarrillos en unas manos de antaño, con el mejor tabaco y una charla de luz tenue, con voces que apenas se adivinan y música de sombras sugerentes.
Pero todo se queda en ideas cuando en la pantalla o tal vez en una esquina escondida de luz se aparece tu mirada incierta.
Empiezo a frustrarme, sólo me salen cursilerías que ya nadie dice.
Nadie menos yo.
Y es que me sale por todos lados lo mucho que te quiero y eso, compañera, es inevitable.
Llevo ya varias horas observando la pantalla en blanco como un inteligente estratega que sopesa todos los ángulos posibles para atacar tus deseos, tanteando el terreno, avanzando para después retirarme ante el ataque azul de tu retina.
¡Qué ironía!
Mi propia elocuencia es ahora la que me deja mudo, atónito ante una petición tan simple, tan sincera, tan tuya, como para no componer siquiera una frase coherente.

Que te escriba un cuento.

En estos momentos lo único que me puede salir es lo que conozco.
Eso es, escribe acerca de lo que sabes, que lo otro sería osadía y estupidez de arrogante paleto.
Si he de escribir acerca de lo que sé me quedo muy limitado en mis fronteras, porque últimamente no sé qué carajo me pasa, ya que no puedo ver más allá de tus ojos de media tarde. Me encantas a eso de la seis, con mirada brillante, resplandeciente. Me embelesas cuando dan las ocho y prefieres acostarte en el mar o taparte con las laderas rojizas mientras el destello oceánico de tus pupilas me convierte en una marioneta que suspendes con tus hilos seductores y ya, media hora más tarde, te quedas detenida tan sólo unos segundos en la lejanía para recalcar tu presencia aún cuando te hayas ido.

Que te escriba un cuento.

¡Ayúdame!
Responde a las dudas que se agolpan en mi boca; qué palabras debo usar para describir tus manos de madre experta que algún día llegarás a ser, qué verbo conjugo con tu cuerpo ¿desear, abrazar, beber…?
Dime: ¿qué determinantes empleo cuando intento atrapar tu alma, tu espíritu fresco de sal y ángeles azules, tu virtud de buena conversadora?
¿Mío, tuyo, nuestro…?
Por favor, échame una mano. A medida que avanzo en las hojas me siento más perdido, no hay brújula contra el deseo de tu cintura o la ternura de tu boca delicada, palpitante, prohibida.

Me duele aceptarlo, pero he de confesar que por primera vez en mucho tiempo debo abandonar tal empresa. Ahora me doy cuenta de lo vano que fueron mis intentos.
Tanto tiempo en mi coraza de titán indomable para que vengas tú y la destruyas con esa sonrisa con olor a fresas.

Que te escriba un cuento.

Pues mira que no puedo. Lo siento mi vida, lo he intentado.
Comencé a pie de página, imaginando que así me dedicaba a describir tus pies, menudos y encantadores para poder ir subiendo en mi relato y en tu fisonomía.
Lo intenté, pero cuando ya faltaban unas diez líneas para llegar a tus pechos y luego por fin al santuario de tu boca, decidí quedarme a dormir entre el latido de tus ingles y la suavidad de tu ombligo.
Es una pena, con lo poco que me faltaba ya para llegar al comienzo de tu pelo y —como no— al título de este relato.

Que te escriba un cuento.

Perdóname una vez más mi cielo, pero no puedo hacerlo porque las únicas palabras que mi mano ha podido dictar con pulso firme son
Te quiero.