La gitana que vendía cosas
imposibles
La gitana
que vendía cosas imposibles anunciaba desde hacía ya varias horas
sus artículos en la esquina de aquella plaza olvidada y
polvorienta.
Un lugar nefasto para hacer negocio, pero en cambio, el más
cotizado cuando el sol del mediodía atacaba despiadadamente ese
lugar perdido en el mundo.
En sus arengas recitaba musicalmente remedios contra el olvido,
paciencia para amantes celosos, fidelidad contra la tentación o
risas para combatir el desaliento.
Las mentes demasiado racionales que componían un pueblo medio
podrido por la envidia no toleraban que un ser extraño como aquella
gitana rompiera esa mezcla homogénea que ellos se habían empeñado
en moldear generación tras generación. Veían en la joven de ojos
lacios y azabaches un claro peligro que un día no muy lejano
alborotaría con sus ideas revolucionarias las mentes aún maleables
de los muchachos, echándolos a perder bajo sus faldas amplias y el
sabor de su escote aceitunado.
Por su parte, la gitana ya se había acostumbrado a estar sola, a
desviar el paso cuando los ojos acusadores traicionaban a las
palabras corteses que se cruzaban en medio de la calle. Para ella
era un alivio saberse sola y a salvo de las miradas de los demás.
Su soledad se había vuelto un placer infinito en el que los
diálogos consigo misma le daban la sensación de compañía con la
hermana que siempre anheló tener. A veces pasaba las horas muertas
mirándose al espejo, perdiendo la noción del tiempo, cepillando el
brillante cabello brasileño, único vestigio que le recordaba a su
madre muerta cuando aún era un ángel de piel mulata. En esos
momentos perdía el hilo de su propio monólogo y sin saber cómo se
escuchaba a sí misma cantando en un dialecto extraño canciones que
sólo ella podía entender.
Yo, que vengo de fuera y que nací bajo la estrella de la
curiosidad, fui el primer ser humano que hablaba con ella en muchos
meses.
Como agradecimiento, la gitana me regaló una sonrisa de almíbar y
un enigmático frasco azul.
“Cuídalo, y cuando
sientas que el miedo intenta robarte el alma o que la derrota
planea sobre tu cabeza bébelo de un trago y te sentirás
invencible” —
recitó aquella joven de mirada marítima que en su interior dejaba
entrever la pasión que tan sólo acompaña a los valientes
—
Como agradecimiento, rebusqué en mis bolsillos una buena propina
que complaciera a la gitana con rostro de diosa griega, pero al
instante recordé mi manía de viajar con lo justo como para no
morirme de hambre, así que introduje la mano en mi mochila y le di
el único objeto digno de ser regalado: mi brújula de cobre con
delicadas inscripciones que señalaban el rumbo hacia el norte o el
sur.
La coloqué suavemente en esas manos entregadas a los demás, sin
ningún dolor por perder la única posesión que me recordaba a mi
padre muerto cuando yo era niño.
La joven, todavía asombrada con el regalo, se dio la vuelta para
guardar como ave de rapiña su tesoro en un bolso enigmático en el
que supuse también se encontraría el secreto de sus pócimas. Fue
entonces cuando pude apreciar el bulto que nacía en su espalda
lisiada: una joroba incipiente comenzaba ya a despuntar el defecto
que luego tanto la haría sufrir y algo en mí se quebró. No fue
lástima ni pena, ni tan siquiera compasión. Un sentimiento cálido
se acomodó en mi estómago y aunque en ese momento no pude
determinar con precisión su nombre, hoy en día sé que la ternura
habita en el estómago y que la mía estaba tan cómoda en ese lugar
que se quedó a vivir allí para siempre.
Con una sonrisa tímida nos despedimos los dos y yo proseguí mi
viaje por las montañas accidentadas de ese país, que aunque no
había visto nunca tan cercano, sentía ahora en mi pecho. Supongo
que la patria no es el lugar de donde uno proviene sino el sitio en
el que te apegas a la tierra con tanto aplomo que nada más dar un
paso fuera de ese territorio ya comienzas a añorarla.
Por un tiempo, esas laderas pronunciadas, esos árboles recién
nacidos y el rocío matutino se convirtieron en mi patria, hasta que
un día el destino me puso a prueba.
Me llegó un telegrama del periódico para el que trabajaba aportando
de vez en cuando algunos de mis reportajes. Querían que escribiera
acerca de la existencia de una extraña tribu y sus
costumbres.
Me arriesgué y una noche, después de andar más de veinte
kilómetros, tuve la suerte o la desgracia de dar con el rústico
sendero hecho por los pies cansados de una generación que conocía
cada rama, cada recodo, cada escondite en un paraje que a mi se me
antojaba laberíntico.
Me fui aproximando lentamente entre la espesura de una selva virgen
que no constaba en ningún libro de geografía, deslizando mis pasos
hacia el peligro de hallarme descubierto, pero no podía evitarlo
aunque lo hubiera querido. No podía renegar de ese recorrido, que
me lanzaba hacia ese ruido cadencioso de los tambores
primigenios.
Mi latido ya no era latido, sino otro tambor que se sumaba a ese
canto hipnótico y por primera vez en mi vida supe del miedo.
Incluso antes de que sucediera ya sabía que me habían descubierto.
Me delataron mis pasos demasiado osados para alguien que ama tanto
la vida como yo.
La rama que cedió ante mis pies sonó como un estruendo en aquella
selva que ahogaba cualquier ruido.
Algunos nativos, sumidos en una especie de trance, me paralizaron
por las extremidades al tiempo que sentía algo clavado en el
cuello. La sensación de mareo fue instantánea, mi mente seguía
lúcida viendo como mi cuerpo yacía como un guiñapo frente a la
hoguera que exhalaba animales sacrificados. El veneno comenzaba ya
a paralizar mi sistema nervioso mientras yo miraba horrorizado como
se agarrotaban mis miembros. Entonces vi la mochila, demasiado
cerca de la mano que aún no había sido alcanzada por el veneno y mi
gitana apareció como un fogonazo en mis recuerdos. Sabía que iba a
morir, pero me resistía a dejar en manos del azar un destino que yo
duramente me había forjado.
Metí la mano en el saco y el frasco surgió ante mi como una
salvación absurda. Lo bebí apurando mis últimos segundos, lo bebí
malgastando esos momentos en los que todavía tenía fuerzas para
luchar y con la última gota un alarido grotesco salió de mi
garganta con la fuerza suficiente como para asustar a media docena
de indígenas que miraban horrorizados hacia mi dirección.
El trance se hizo insoportable, alguien tocaba frenéticamente los
tambores y, no sé cómo, las cuerdas que me esclavizaban cedieron
igual que el papel en mis manos aún temblorosas. Aquellos seres
seguían mirándome con los ojos desorbitados, hasta que me di cuenta
de que no era a mí a quien miraban, sino a algo que acabó por
desaparecer al tiempo que yo me daba la vuelta, algo que se alejó
demasiado rápido en la oscuridad de la noche, algo devorado por la
selva y que llevaba un pañuelo de colores.
Desperté, supongo que varios días después, por el dolor de estómago
que casi me paralizaba. Una mezcla de hambre, veneno y terror se
apoderaban de mi parte racional y sólo sentí el deseo angustioso de
regresar a mi patria.
Como pude fui desandando caminos, ríos y laderas hasta encontrarme
de nuevo en aquella plaza con su sol de justicia y su aire
empolvado.
Mi gitana seguía allí, vendiendo sus frascos imposibles, que a
punto estuvieron de caerse al suelo al ver mi estado
deplorable.
Sin mediar palabras cargó con mis huesos hasta su casa, una modesta
cabaña donde se colaban curiosos los rayos del sol y donde vendría
a pasar las semanas siguientes a mi recuperación. Poco a poco las
pesadillas se fueron desvaneciendo y aquella extraña noche quedó
guardada como un secreto entre los dos, prometiéndonos no volver a
mencionarla jamás.
Como mi gitana no tenía nombre acabé por bautizarla como
Reina, a lo que ella cedió como cede una madre amorosa
ante los caprichos de un niño pequeño.
Las lunas fueron desfilando ante el alba en un periodo que a Reina
se le antojaba cada vez más rápido. Sabía que andaba cerca el día
en que yo regresaría a mi mundo y eso la ponía melancólica. Yo
también lo sabía y aunque mi destino era regresar, no podía evitar
sentir una extraña sensación que me hacía jirones el pecho.
El día de mi partida nos despedimos brevemente con la promesa de
encontrarnos en el futuro, aunque ambos dudábamos de ese pacto. La
abracé fuertemente, fijando en mi memoria ese olor a canela que
despedía su cuerpo aceitunado y me di la vuelta con la obligación
de no mirar atrás.
Llevo ya dos semanas en casa y todavía no me acostumbro a mi vida
acomodada, entre mis artículos de prensa y los libros que compro al
peso cuando viajo.
José y los demás han venido a animarme, aunque supongo que también
desean que les cuente, por cuarta vez en una noche, mi extraña
aventura en el pueblo polvoriento donde sólo se podía hallar una
mirada clara, la de mi gitana.
De repente me ha venido un ataque de añoranza; algo me quemaba el
pecho, como cuando no puedes respirar y se te junta toda la
tristeza y el llanto de varios meses en la boca del estómago. He
querido estar a solas.
Mis amigos, a regañadientes, han comprendido que esta noche
comenzaba mi verdadera prueba. Debía tomar una decisión,
enfrentarme a mis demonios, a mis dudas y sacarme todo lo que había
guardado desde que volví a casa.
Esta noche me he derrumbado. Ha salido fuera la melancolía, la pena
de cuando papá se murió y yo no pude hacer nada, tendido a su lado
viendo como se agotaba su mirada luminosa por culpa de un
infarto.
Para relajarme subí al desván a recordar momentos felices de cuando
papá viajaba por lugares exóticos y me traía los objetos más
extraños que yo con mi inocencia de nueve años podía
imaginar.
Por la mañana desperté abrazado a un retrato de mi padre. Nunca
antes lo había visto y tampoco sé cómo había llegado hasta allí,
pero a que negarlo, mi padre se encontraba ante mí, fotografiado
con veinte años menos y una preciosa morenita nativa de aquel lugar
remoto en una actitud cordial, de eterna hospitalidad. Estaba a
punto de guardar la foto junto con los demás trastos cuando reparé
en una frase escrita a mano en el borde inferior del
retrato: “Recuerdo
de mi segunda patria, donde también por segunda vez volví a
nacer”.
Fue entonces cuando lo comprendí todo, fue en ese momento cuando
reparé en el pañuelo de colores que mi padre llevaba al cuello,
colores difusos que me salvaron una noche extraña en la selva
profunda. Fue ahí donde vi a mi gitana después de dos semanas
eternas de su ausencia.
Recogí lo esencial: una muda de ropa y mi cámara. Recorrí lo
desandado, reconociendo cada esquina, cada valle, un riachuelo
incipiente en la montaña perdida y el sabor inconfundible del
amanecer en libertad, hasta llegar a la plaza polvorienta de mis
recuerdos.
Nada había cambiado, ella seguía allí vendiendo sus fórmulas, ajena
a las miradas arrogantes.
Por primera vez en mucho tiempo me sentí en calma, mi sitio estaba
aquí, al lado de la mujer que amaba por su ternura, por la fuerza
de sus ojos, por su sabiduría.
Quise fotografiarla sin que me viera. Eché mano de la mochila y sin
mirar, palpé en busca de la máquina, pero mis dedos se detuvieron
al detectar un objeto desconocido. Cuando saqué la mano contemplé
asombrado la brújula de mi padre, la que realmente me había traído
hasta esa plaza.
En la distancia, Reina levantó los ojos.
“Te he estado
esperando, has llegado antes de lo que pensaba”
— contestó, al
tiempo que sacaba su pañuelo de colores y me enviaba una
sonrisa—