El Jersey

Todavía hoy, después de veinte años desérticos que han ido pasando por mis manos, mi rostro y mi cabello, puedo recordar con absoluta claridad la textura de ese jersey que me regalaste en un mercado atestado de gente ajena que nada tenía que ver con nosotros.
Paseábamos serenos sin dejarnos llevar por el ímpetu de los que van y vienen mecánicos, autómatas, extraños.
Nada más verlo allí, colgado del frágil alambre de una tienda ignorada por el ajetreo cotidiano, me enamoré de él. Sus rayas de colores alegres, su punto perfecto, tejido quizá en las remotas laderas de un país frío y modesto se apoderó de mi ternura. Su tacto delicado, protector y cálido me recordaba tanto tu forma de ser que en el mismo instante en que lo colocaste sobre mis manos trémulas por la emoción supe cuánto te amaría.
No había nada que decir, de eso ya se había encargado el brillo de mis ojos y la aceptación de tu sonrisa, las cosas simplemente eran así, sin más vueltas ni vanos intentos por adornar el amor.
Aquella misma noche, ya en tu casa, con tus velas y Madama Butterfly volando entre las cortinas discretas, surgieron las palabras atascadas y de tanta pasión contenida pasamos al desenfreno; tú formando el dibujo de una alfombra difusa y yo con mi atuendo de gala.

Para cenas de este calibre hay que ponerse elegante” – dije muy solemne, al tiempo que me quitaba la levita bajo la cual tan sólo había dos cosas: mi cuerpo desnudo y el jersey de rayas –

Lo demás tan sólo lo saben mi tímida discreción, tu caballerosidad y una diva que al vernos se quedó afónica en un intento por superar nuestro propio canto, un canon de voces primitivas y tan bien acompasadas que de haberlo hecho público nos habrían aplaudido hasta en el Olimpia.

Hoy, veinte años después, todavía guardo las cartas que me llegaban puntualmente cada semana, atesorando en mi desván dos baúles repletos con tus memorias.
Yo era muy joven, tú no interesabas a la sociedad de la época, demasiado frívola como para entretenerse en canciones con mensaje o poemas con forma de mujer.
Aún recuerdo el día en que me casé, viuda de ti, de tu amor, gracias a la distancia que los prejuicios de mármol fueron amurallando hasta volverme oscura.
Supongo que la noticia acabó por alcanzarte a ti también, porque el cartero no volvió jamás con tus misivas ni supe ya de tus acordes.
Yo, en la rabia de saberme mujer esclava por conveniencia sólo pude ganar una batalla: conservar la única prenda que me había hecho feliz.
Hoy, dos décadas más tarde, después de un luto anhelado entre las sábanas nocturnas de mi soledad, he vuelto a sacar de su lugar privilegiado esos colores tejidos, las rayas en movimiento con olor a cera perfumada.

Te he vuelto a sacar a ti.

Las formas, para que negarlo, no son las mismas, pero o son cosas de vieja o de la vista cansada, a mi juicio el abrigo que lleva tu nombre sigue quedándome tan bien como la única vez que lo lucí para ti, orgullosa e impúdica.

Por fin, después de tanto tiempo insomne, tan absorta en mi dolor, podré dormir como aquella noche abrazada a tu piel, calco perfecto de la mía, sin que sienta un atisbo de temor por no saberte a mi lado.
Por la mañana podré levantarme con las mejillas rosadas, con veinte años menos esperando a que llegue el cartero con aquella carta tuya, esa que te quedó pendiente en la que me prometías una vez más que veinte años más tarde volverías a buscarme.