Los zapatos

Tus zapatos siempre me recuerdan el camino que te ha traído hasta aquí.
Te imagino arrastrando ese cuerpo elástico y armonioso entre las calles ruidosas y grises de la gran ciudad.
En un intento por orientar los sentidos cierras los ojos y te concentras en las frases entrecortadas que alguna vez te susurré por teléfono…un nombre, una dirección…cualquier pista te sirve con tal de disminuir la distancia entre tu calle y mi paradero desconocido.

No sé por qué lo hice, pero es que ante tu amor tan certero, tan real y consistente me quedé ahogada con un golpe de voz que nunca pudo salir en tu presencia. Entonces fue cuando tomé el camino más fácil, la alternativa más incomprensible: la eficaz huida.
Tú mientras y sin yo saberlo, colgabas en una percha del armario ese amor que le venía demasiado grande a mi alma.
Yo, entre tanto, borraba como eficaz virus el disco donde poco a poco había almacenado palabras, recuerdos y mucho afecto comprometido.

¿Por qué tuviste que hacerlo?
¿Por qué fuiste tan inoportuno?

En la ambigüedad de nuestros besos yo me sentía tan cómoda, en la duda del comienzo y el fin de ese lazo que nos unía yo me sentía tan libre que no comprendía antes, ni lo hago ahora, tu irrevocable decisión de darme un ultimátum para atar el amor.
Nuestras vidas siempre estuvieron hilvanadas con cuerdas de guitarra y rastrillos callejeros, por lo que encontrarme fue más simple de lo que hubiera deseado.

¿O es que deseaba que me encontraras?

No lo sé. Sólo soy consciente de que estás ahora aquí, pronunciando un discurso con esa facilidad de palabra que tanto me irrita por el poder que para convencerme tiene.
Ahora estás aquí, con una mano en el pecho y otra en las flores de la disculpa y en tu voz noto un temor a la soledad y el sabor amargo de la ausencia.
Sabía que vendrías y me he vestido de azul marino para que no puedas sumergirte en las aguas profundas de mi océano. Eso me da fuerza, sé que si rompo la distancia de dos metros que me he impuesto ya no seré yo quien piense, sino mi boca, mis manos y el sonido glorioso de tus dedos tocando mis cuerdas.
Es curioso, pero sólo pienso en tus zapatos. Veo los zapatos y pienso en como te los ataba con lenta paciencia y mi cuerpo desnudo. Tú te dejabas hacer como un niño y al final siempre acababas descalzándote travieso.
Mis pensamientos son extensiones de todo lo demás y al final acabo siempre pensando en ti, en tu pelo, en el pecho y en la tenue curva que se entremezcla con el deseo de los dos. Así empieza el círculo que irremediablemente se repite y en el que tú vuelves a profanarme mientras yo canto para ti.

Ha empezado a llover lluvia fina de media tarde. Tú sigues ahí, parado frente al ventanal, buscando en mi postura algún hueco donde encajar como siempre lo has hecho.
Yo contemplo tu semblante recortado en el cristal. Te vuelves líquido, te diluyes y ahora no tengo dudas; el golpe de voz acaba por romper en jirones mi silencio.
“Ven y deja que te ate los zapatos” – susurro mientras me quito la ropa y tú te haces de mar –